Hay cosas que no puedo contar sin provocar una media sonrisa en quienes me rodean. En el mejor de los casos me siento entendida aunque tenga que escuchar algún chistecillo a costa del acontecimiento... y en el peor se me acusa de incoherente o extravagante o ambas cosas. Qué le vamos a hacer.
Hace unos días pasé la tarde intentando encontrar un sitio para una cría de urraca que mi hijo trajo a casa. Mientras se removía silenciosamente en una caja de cartón busqué por Internet refugios y asociaciones que pudieran hacerse cargo del animalito, y quedé con una de ellas, GREFA, en llevarlo al día siguiente. No hubo suerte y murió esa misma noche. Aún tengo a un chaval desconsolado en casa, que insistió en enterrarla en un sitio especial.
Cuando ha surgido la ocasión de explicar cuánto me cuestan los cuidados veterinarios de mis gatos o su alimentación... he tenido que escuchar más de una vez lo absurdo que resulta gastar el dinero en un animal, junto con afirmaciones que aseguran que con el hambre que hay en el mundo resulta casi un insulto.
Y estoy de acuerdo. Las personas de los países desarrollados acumulamos cosas totalmente innecesarias mientras otras carecen de lo más básico. Pero me resulta curioso que nadie mueva la cabeza ante quienes se van de vacaciones a la playa, o tienen dos coches, o más de una vivienda, o más de cinco pares de zapatos, y sí lo hagan porque yo compre un saco de pienso en el supermercado.
Es verdad que resulta injusto e incoherente que en este mundo nuestro haya millones de niños sin asistencia médica y al mismo tiempo animales domésticos perfectamente atendidos. Pero no es una incoherencia menor contar con armarios llenos de ropa, o tirar cada día miles de alimentos a la basura.
Aún así, no me voy a escudar en el "¿y tú qué?", porque a pesar de todo yo no me siento incoherente siendo como soy.
Aún así, no me voy a escudar en el "¿y tú qué?", porque a pesar de todo yo no me siento incoherente siendo como soy.
Desde que tengo uso de razón no puedo pasar de largo ante un ser vivo que sufre. Evidentemente y por puro instinto de conservación de la especie, los seres humanos tienen la prioridad absoluta en mi vida. Pero el sufrimiento es sufrimiento anide en quien anide, y yo no acabo de creerme la compasión de quien es capaz de abandonar a un perro, pasa de largo ante un animal moribundo o deja un paisaje verde repleto de residuos.
No estamos solos en el mundo, ni la vida humana es la única que nos rodea. Convivir con otros seres vivos me vuelve más humilde y desarrolla en mi un sentimiento de pertenencia a la Tierra tan fundamental que he querido trasmitirlo a mis hijos y a mis alumnos. Así que, por excéntrico que parezca, soy de las que cojo una araña con cuidado ayudándome de un papel para sacarla de casa, atrapo las mariposas nocturnas con vasos de plástico y me detengo a conversar con los gatos vagabundos de mi calle. No soy vegetariana pero me preocupo de comprar carne de animales que no hayan sido torturados, aunque mi trabajo me cuesta. No entiendo la caza como deporte , ni qué clase de diversión puede encerrar una corrida de toros. No asisto a espectáculos de circo que tengan animales y hoy por hoy soy incapaz de dejar en medio de la calle a un pájaro herido. Y regaño a mis alumnos cuando pisan un saltamontes o destrozan un hormiguero, o arrancan las ramas de un árbol. Pero es que para mi, defender y cuidar la vida es defenderla y cuidarla en todas sus manifestaciones. Lo contrario sí que sería una incoherencia.







